Paleros y Santeros Latino Americanos

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Post Info TOPIC: Elegguá o eshu


Santera, ( Moderadora )

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Elegguá o eshu


La importancia de elegguá es tal, que todas las ceremonias santeras comienzan con una invocación al Orixá que tanto puede ser oral, cantable o por medio de tres golpes sobre una superficie. De esta manera se le solicita permiso para iniciar cualquier tipo de ceremonia.
Elegguá o Elebwa (como se dice que prefiere que sea escrito su nombre) actúa en los cultos como el dueño y señor de todos los caminos. Él es el que abre o cierra las puertas, marca las encrucijadas y, en cierta forma, es el dueño del porvenir y del futuro. Cualquier acción que se acometa en la vida, especialmente si se trata de viajes o iniciativas económicas, deberá ser consultada a Elegguá. En la religión católica se sincretiza con el Niño de Atocha, aunque también puede adquirir la imagen de san Antonio de Padua o san Martín de Forres.
Es un Orixá un tanto celoso, por lo que si se realiza una ofrenda a cualquier otro santo, primero se le debe hacer a él- No importa que la ofrenda sea de comida, flores, licor o dinero. Elegguá deberá ser siempre el primero en recibirla o degustarla.
Elegguá domina las cuatro esquinas del mundo, el centro mismo de la tierra y todos los caminos que por ella discurren. Es el Orixá que nos abre las puertas hacia las realizaciones y no obedece más que a su propia voluntad. El azar, el destino, la esperanza, lo imprevisto, la felicidad, el carácter impredecible del destino, la tragedia y la buena o mala suerte pertenecen a Elegguá. A él siempre se le dedican tres toques de tambor.
El Orixá que nos ocupa forma parte de la trilogía de santos guerreros junto con Oggún y Ochossi. Suelen andar siempre juntos y habitan en una casita o pequeño receptáculo detrás de la puerta de entrada de la casa. Pero además de la trilogía citada, es importante mencionar que a Elegguá también le acompaña Echú, que es el Orixá que representa la encarnación de los problemas inherentes al ser humano.
Aunque hablaremos de Echú más adelante, conviene señalar que para los santeros, la casa representa el refugio y santuario que les protege de los golpes del destino. Por tanto, Elegguá reside en el umbral de su morada, marcando la frontera entre el mundo íntimo y el exterior. Pero como no puede existir el bien sin el mal, ni la tranquilidad sin la inquietud, a Echú se le suele instalar en un lugar fuera de la casa. Cuando en el domicilio se presentan discusiones y problemas, se dice que Echú ha entrado a hacer una visita.
Elegguá vive en una cazuela de barro y se le suele representar con un coco, pero son más comunes los elaborados con piedra o cemento. Estos últimos tienen bocas, ojos, nariz y orejas hechas con caracoles Cauri. Todos ellos llevan su «misterio» y deben ser entregados por un santero o ba-balawo y contienen poderes y protección para el iniciado.
Los colores favoritos de Elegguá son el rojo y el negro, y se le adorna con un collar de cuentas de dichos colores, que personifican la vida y la muerte, el principio y el fin. Las ofrendas que más le gustan son el tabaco, el pescado cocido o crudo, los berros, el maíz tostado con manteca, los chivos y los
pequeños pollitos de color blanquinegro. Aprecia las velas y los dulces y sacrificarle un ratón o un pollo es una ofrenda muy valorada y especial para él.
Curiosamente, Elegguá toma como suyos un montón de objetos, como pueden ser los pitos, los machetes, los sonajeros, los sombreros, las monedas de plata, las pepitas de oro y los cocos secos decorados.
Cuando monta o se posesiona de un fiel suele colocarse inmediatamente detrás de la puerta de la casa o templo, que es, en definitiva, su lugar religioso. Baila y se comporta como un niño, bromea, hace muecas y se inventa juegos; nunca está quieto y entra y sale de la estancia gastando bromas que, sólo en escasos momentos, pueden llegar a ser eróticas. La ropa de Elegguá se relaciona con sus colores favoritos, es decir, es roja y negra adornada con cuentas de dichos colores, cascabeles y caracoles Cauríes.
Los hijos de Elegguá suelen ser muy hábiles e inteligentes pero poco constantes en sus iniciativas y propósitos. Muy dados a frivolizar y a divertirse, pueden llegar a rozar el límite que separa la legalidad de lo ilegal o fraudulento. No obstante, siempre serán encantadores y muy propensos a desarrollar sus funciones dentro de altos cargos empresariales o políticos.

Niño de Atocha

Niño de Atocha

 


El hogar es un templo sagrado. Para cruzar su umbral, las personas ajenas al entorno familiar o social más cercano deben estar obligadas a solicitar beneplácito y consentimiento a sus moradores. Presentarse en una casa sin ser invitado, además de ser una falta de educación, es una intromisión grave a la intimidad de las personas que viven en ella.
No obstante, esta básica regla de convivencia no siempre es aplicada, y más a menudo de lo que sería deseable podemos encontrarnos que nuestra casa corre el riesgo de convertirse en una especie de pasillo de unos grandes almacenes en hora punta, una serie de visitas que, como si no tuviesen casa propia, no acaban de abandonarnos nunca.
El ritual que vamos a comentar a continuación va a sernos de gran ayuda a la hora de alejar de nuestro hogar a aquellas personas que, no siéndonos gratas, se puedan tomar por su cuenta la libertad de invadirnos el espacio íntimo que delimita nuestra casa.
INGREDIENTES
1 sartén o pote con asa que no queme al calentarse.
9 granos de pimienta negra.
9 granos de pimienta rosada.
9 granos de pimienta verde.
El contenido de tabaco de 9 cigarrillos.
1 copa de aguardiente de caña.
1 paño negro.
Cerillas de madera.
PREPARACIÓN
En luna menguante y al anochecer, encenderemos el fuego y tras moler las tres clases de pimienta, desharemos los cigarrillos completando la mezcla con las hebras de tabaco. Lo pondremos todo en el fondo de la sartén y cuando empiece a humear pasearemos los vapores por todas las esquinas de la casa, pidiendo a Elegguá que desaparezcan las visitas indeseadas.
Tras realizar esta operación, volveremos a calentar la sartén en el fuego y derramaremos la copa de aguardiente
sobre todo su contenido, encenderemos el alcohol con una cerilla de madera y renovaremos la petición. Seguidamente, dispondremos la sartén en el suelo del salón, protegiéndola debidamente para que éste no se queme.
Cuando el fuego se haya apagado de forma espontánea envolveremos la sartén en un paño negro y la depositaremos en un lugar alto de la habitación en donde se produzcan mayoritariamente nuestras reuniones sociales.
Dicho ritual lo renovaremos una vez al mes, tan pronto la luna menguante aparezca en el cielo.

Niño de Atocha


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